Las ciudades grandes están repletas de pequeñas bellezas. Miras aquí y allá. Una hoja, caída de un árbol, desciende pausada en un ir y venir airoso. Se balancea siguiendo la inequívoca sorpresa. El inesperado y hermoso aleteo le otorga una habilidad voladora. ¡Vuela, vuela! Gritan los paseantes que detienen el paso, fuerzan la mirada y perfilan su sonrisa. El tiempo se detiene en silencio, contemplativo, reflexivo, emotivo. Y la gente, seducida por esa fantasía, se entrega cariñosa a un público desconocido.
Segundos más tarde, la insignificante hoja toca su fin. Al llegar al suelo, los caminantes despiertan del sueño y continúan su camino. Sin apenas darse cuenta, olvidan aquélla escena tan bella; la hoja, los amigos de las hojas, la humedad lagrimosa de sus pupilas dilatadas. Todo queda en el aire.
Ajeno a todo aquello, se pasea distraído Raúl. Caminante veloz, hábil e inteligente. Es un ser obsesivamente observador, pasa las horas contemplando ese conjunto de detalles que le rodean. Sin lugar a dudas, son los seres vivos los que más le fascinan. Indagar en sus acciones y pensamientos, analizar errores, enlazar pieza a pieza el rompecabezas, y concluir y razonar tal comportamiento. Su visión del mundo social, esas sombras que se mueven a su alrededor, adquiere una forma destructiva, rabiosa, violenta, egoísta, pedante,… un seguido de adjetivos desoladores. Define su mundo con dos palabras: “Caos epistemológico”.
Erguido con sus mejores vestimentas, Raúl recorre las calles en una única dirección. Vestido con carpeta universitaria y bandolera porta equipaje, se encuentra de camino a la universidad. Está citado a las diez de esa misma mañana con el director, que, a su vez, es su mentor en el proyecto final de carrera. Deben acabar de atar esos últimos cabos sueltos y escoger ese trabajo que convierta a Raúl Garcé en periodista.
El memorizado camino se mueve rápido ante sus ojos. Ahora arriba, enseguida abajo, girar a izquierda y mirar a derecha. En los últimos cinco años, su cuerpo realizó las mismas contorsiones, movimientos similares que le obligaron a ver, decir y reflexionar idénticas cosas. Misma gente en similares plazas, avenidas y calles. La constancia le persigue y le acecha, y le reitera día a día que los sueños son para los niños.
Cuando inició su particular aventura universitaria, le definían tres cualidades: la ilusión por terminar y proyectar sus conocimientos en algún periódico de renombre, el deseo de conocer gente, pensamientos y reflexiones que maduraran su objetividad, y la fascinación por aprender nuevas letras que, conjugadas con originalidad, adquirieran personalidad propia. Durante estos años, ha buscado en vano. Pues no ha logrado encontrar respuestas a sus preguntas y se encuentra ante un ser, él mismo, borroso. Raúl sigue siendo un chico joven y espontáneo, ingenioso, pero el sosiego de la vida le subleva y lo enmudece.
Ahora, en este preciso y diminuto instante de andar rastrero, oye chillar su nombre. Raúl busca entre las sombras y encuentra un amigo. Su lejana presencia le sincera con ilusiones olvidadas, experiencias risueñas. Fiestas, risas, locuras de niñez, toda una vida de recuerdos que perfila felicidad en sus ojos. Esa cara le otorga un respiro.
Al reunirse en un punto se miran, se sonríen,… y un abrazo les llora el alma. Ambos se separan y se miran a los ojos para sonreír de nuevo.
- ¿Porqué lloras, tonto? – Pregunta Raúl con emotiva dulzura.
- ¿Y tú? – Se entrega Sergio a la obvia respuesta.
Raúl y Sergio residen en silencio contemplando las bellezas de su amigo. Han pasado años desde el último encuentro. Una olvidada noche de fiesta se juraron complicidad eterna, el alcohol les sinceró y les sumergió en un cielo repleto de peces. Sin duda, eran amigos, los mejores amigos, pero la vida, y con ella todo el resto, te cierra los ojos y te lanza a un mar vacío.
El tiempo apremia, las obligaciones les convierten en ciudadanos veloces de encuentros fugaces. Se despiden y reclaman verse de nuevo un olvidado día. Somos amigos, recordémoslo siempre, y cuando el futuro nos lleve a momentos de paz, nos llamaremos y lloraremos felizmente. Ambos retornan a lo suyo, algo alterados, pero centrados en un mundo que les ahoga y no les permite respiro alguno.
Ahora son infinidad de estudiantes los que le rodean. Luchadores, combatientes, guerreros de otras épocas, que representan la cruzada del siglo XXI. Arriba y abajo, cabeza caída. Nadie conoce a nadie, nadie conversa con nadie. Todos en silencio, aunque haciendo mucho ruido. El ambiente, cargado de odio, enloquece la rivalidad entre seres parecidos.
Raúl entrecruza aquél ir y venir de sombras y se aventura a entrar por la majestuosa puerta, que le llevará ante el jefe de la tribu.
- ¡Buenos días! – Se dirige Raúl a una chica con gafas, falda corta y lengua larga. Centenares de veces se ha dirigido a ella, y no recuerda haberle dicho nada más interesante que aquellos “buenos días”.
- ¿Qué quieres? – Atiende la señorita.
- Tengo una cita con el señor Iñigo Rodríguez para las diez.
- El señor director está reunido. Si quieres esperarte, siéntate junto a la puerta. – Raúl queda quieto observando su estúpida sonrisa, sus falsos movimientos de manos, su completa desfigurada presencia. Acto seguido, retrocede y se sienta.
Aquella sala está repleta de objetos pequeños, que consiguen distraerle en su larga espera. Una estrella, colgada en la pared, atrae su atención y le sumerge en una charla con su propio yo. Su mirada se pierde, sus ojos se nublan. Olvida su nombre, sus deseos y pesadillas, y reflexiona consigo mismo.
- ¿Qué es la felicidad? – Le pregunta una voz oculta, como salida de otro mundo.
- No creo que nadie lo sepa. Seguramente, todo el mundo se ha sentido agraciado por ella en algún instante, pero nadie ha gozado de ella eternamente. Va y viene, como las olas. Te ve y sonríe, y te contagia la risa, pero juega contigo y en un momento se vuelve triste y te ve en tu estúpida felicidad. Entonces, se ríe, no sonríe, se ríe de ti.
- ¿Eres feliz, Raúl? – Esa voz parece conmover a Raúl, que se queda inmóvil y sin respuesta. Entristece su mirada, como buscando un hueco de refugio donde comprender la vida. Pero, en la vida, no hay preguntas complicadas ni respuestas que necesiten pensar mucho, y eso le daña.
- No – Valiente y sincero, afronta su triste realidad.
La puerta se abre con un leve chirriar y, tras ella, aparece un hombre de grandes medidas. Regordete, bajito y mirada sinceramente extraña. Raúl nunca puede evitar sonreír cuando le ve, le gratifica su presencia, le purifica el alma y convierte su día en algo más que Sol y Luna. Sus estancias con el señor Iñigo trascienden de todo; de sus sentidos, de su pensar, de ese entorno que trata de transformar sus días en pesadillas, trasciende del panadero y del ciclista, del amor hacia una mujer, de la vida. Algo se crea en el aire, que le aporta instantes gratuitamente bellos.
Entrados ya al despacho, sentados se miran. Y se miran de nuevo. Al fin sucede lo imprevisto.
- ¿Has aprendido algo nuevo, Raúl? – La pregunta les sonríe.
- Ayer aprendí una, hoy he visto el infinito.
Sus conversaciones con Iñigo no son eternamente largas, ni reflexiones extremadamente complicadas. Todo lo contrario, momentos de silencio donde duermen juntos, miradas que apenas se cruzan, como perdidas, ruidos extraños que surgen y provocan una reacción conjunta. No se lo dicen, pero les agrada compartir momentos, se sienten cómodo en la compañía del otro.
- Tengo algo que puede agradarte para tu proyecto. Existe un hombre llamado Juan Marco de la Cruz. ¿Lo conoces?
- He leído un sueño – contesta Raúl.
- Pues eso. ¿Y?
- ¡Qué gracia que me preguntes precisamente por este libro! Existen infinidad de textos y frases y libros, pero has escogido hablar de este. ¡Qué gracia!
Pues contestaré a tu pregunta. Lo cierto es que no lloré con un sueño de Juan Marco de la Cruz. No recuerdo el argumento, ni la situación, ni la época. No recuerdo si era poesía, novela o ensayo. Ni siquiera consigo recordar si me gustó. Solo sé que, desde entonces, mi vida es más triste que nunca. Eso sé y recuerdo que no lloré.
~ por davidnez en 9 Octubre, 2007.
Escrito en Mi primer libro
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