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Las piedras de la muralla están cortadas de forma precisa. Adentrarse tras ellas es cruzar la línea que separa el desierto del paraíso. Una gran puerta protegida por guardias con lanzas de rostro rudo. Sus túnicas marrones disimulan la dureza de las arenas, su sequedad, su calor y su omnipresencia hasta donde alcanza la vista.

 

Dentro del alcázar muchos son los que paran a beber en la fuente y se juntan animales y hombres con un mismo fin, beber agua. El suelo está cubierto por las mismas piedras que la muralla, frescas por la sombra y mojadas por el agua. Una tienda de frutas está dispuesta a su lado, bajo dos palmeras. Y los nómadas comen frutas exóticas traídas de otro mundo.

 

Dejo mi camello atado en el establo y entro en la tetería. Al cruzar su umbral noto el calor en mi cuerpo y la sequedad en mi lengua, bajo unos tonos oscuros donde mis ojos poco pueden ver. Me siento en unas almohadas, me quito el turbante y pido te caliente de menta. El calor se mantiene en mi cuerpo y mis ojos consiguen ver mesas repletas de perlas verdes y rojas, otros hombres sentados en almohadas y humos de shishas en el aire. Algunas mujeres cubren la sala, paseando sus faldas coloridas, sus corsés empedrados y sus caras cubiertas por finos velos, mientras dan aire a hombres sin aliento.

LOOK_en danza arabeEmpieza a sonar música que sale tras una fina cortina azul. Música árabe que es alegre, exótica, melancólica y dura. Y me traen el te servido con tetera plateada. Fumo de la shisha y al sacar el aire por mi boca, se descubre la fina cortina y tras ella sale una mujer. Una única mujer de pelo oscuro y piel morena. Su andar canta la canción que oyen mis oídos. Baile de movimientos sinuosos y sensuales, prohibidos para menores. Alza la mano y sigue el ritmo de la música, que acompaña con sus caderas. Sus ojos son color azabache y, bajo ellos, sus labios están cubiertos por un velo oscuro con piedrecitas en sus extremos. Su cuerpo brilla por el calor de un corazón ardiente de deseo. Sus pies están descalzos y puntean el baile de una música que ha nublado mi mente.

 

La mujer se acerca a mí y se sienta junto a mi almohada. Le sirvo te caliente de menta. Sus movimientos son suaves con sus pliegues de ropa, que acomoda para sentirse más cómoda. Coje el vaso de te con ambas manos y sopla su calentura, sin dejar de mirarme a los ojos con una mirada dura, resistente y dulce, tierna en su juventud, absolutamente negra sin pupilas. Y se quita el velo y descubre sus labios, que son tiernos, suaves y acompañan a sus ojos. Sin dejar de mirarme agarra de nuevo el vaso y bebe, humedece sus labios con su lengua, se cubre de nuevo con el fino velo, se levanta y se aleja. La música sigue sonando en su andar y tras la cortina azulada desaparece.

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