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Fría llegó, pero llena de temptativa. Se me acercó tituveando y, sin esperarla, se me presentó llamando a la puerta y me dió los buenos días. Y me dijo vén a verme mañana. Sé puntual y te regalaré un instante.

palmeras-playa-estrella-widescreen-641716Y a la mañana siguiente la fuí a ver, como le prometí, como me pidió. Un coche muy largo, que sigue siempre un mismo camino, me llevó. Vi varias como ella y no supe cuál era la que me vino a visitar. Le pregunté a cada una de ellas, miré al cielo buscando el destello que me despejara la duda. Y la señal se resistió una y otra vez.

E hice una vez más la pregunta. Con el coche parado, sonando la alarma que marca el inicio de la marcha. Tras la pregunta “¿Eres tú mi playa?”, una luz cruzó el cielo y se perdió entre las nubes. Miré a la playa y me sonrió. Nos miramos y bajé del coche rápidamente. Nos habíamos encontrado.

Me acogió en su arena, también me ensució con ella. Y me dormí en su vientre y soñé con ella. Estando con ella, viendo su sonrisa, escuchando su oleaje y notando su contraste. El frío y el calor en uno. La rugosidad y la suavidad en uno. Y fuí a mirarla a los ojos y me lloró en todo el cuerpo. Agua fría que me aceleraba el corazón. Y quise estar con ella, más cerca de ella. Avancé y seguí avanzando. Y finalmente salté. Así la deseé y la temí. Y pasé de caliente y a frío. Y de rugoso a suave.

Y cerca de sus labios me susurró: “Vénme a ver otro día. Estamos hechos el uno para el otro. Yo soy tu mar y tú eres mi hombre. Caballero de sangre andaluza y corazón catalán”. Y sólo pude hacer una cosa. Volver a saltar sobre ella, para seguir jugando.

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