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Abro la puerta de esa habitación calurosa y llena de humedad y salgo al parque, donde una fuente que brota agua refresca mi frente. En seguida, noto el olor a jazmín egipcio y agarro y rompo un brote de cuatro pétalos, para tener un recuerdo donde cobijarme en algún momento de suicidio del alma.

¡Ya me preparé para el viaje! Cargué con mis ropas y utensilios, compré comida y bebida suficiente para cruzar el desierto, que me separa de mi ilusión.

Los que me conocen mucho de tanto usarme, me alertaron de los peligros o intentaron desalentarme. Unos por preocupación, otros por envidia. Ambas cosas malas cuando persigues los sueños.

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Y me digo: ¡Ahora empieza mi aventura! – Y doy el primer paso de mi viaje.

Salgo del pueblo y, pasados quince minutos caminados, me doy cuenta que estoy sólo. Poco a poco, empiezo a darme cuenta que tengo la frente mojada de sudor y la garganta seca, que resuelvo bebiendo agua.

Los problemas habituales de toda travesía van poniéndome al límite, límite que disfruto y siento la libertad en mi primera noche fuera de casa. Tumbado al raso en un recoveco, que me protege de la arena y los fríos de la noche.

Por las noches siempre escribo las sensaciones del día. Hago memoria y consigo liberar mis necesidad comunicativas, que no pude resolver durante el día, pues no me encontré con ningún otro ser humano. ¡Espero no perder la cordura! – Escribo al final del texto.

Van pasando los días y voy aprendiendo de mí y de mis límites. Cada día empiezo el día con ganas, a medio día me entra el cansancio y las dudas, más tarde viene el hambre, que acabo resolviendo comiendo y descansando.

La comida y la bebida empieza a escasear y me doy cuenta que no preví bien el largo camino. Cuando los recursos suponen un problema, el resto de aspectos se complican. ¡Eso ya lo sabía! Y lo empiezo a notar en mis carnes.

Última gota de agua hoy, más tarde el último trozo de pan seco. El Sol mientras sigue brillando con fuerza, parece no apagarse nunca y yo empiezo a ver mis verdaderos límites.

Voy dejando cosas innecesarias por el camino, que alivien mi carga. Mi andar cada vez es más lento y doloroso. ¡Ya me arrastro por el suelo!

Hoy son las doce del medio día, sin agua, sin comida, sin fuerzas. Y veo como me acerco lentamente a una frondosa vegetación que aparece en el horizonte, con una fuente hermosa color verde, con árboles frutales y una mujer de piel blanca y cabellera oscura que se acerca a mí, me agarra del brazo y me acerca al lugar ensoñado.

Y me digo: ¡Eso es lo que estaba buscando! – Debía dejarlo todo para darme cuenta que la ilusión está tan cerca o tan lejos de ti, justamente donde están tus sueños.

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¡Hay que perseguir los sueños,

aunque haya que cruzar un desierto para encontrar el agua! 

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